MALDITA TOMA

Publicado: 2 de septiembre de 2016 en Material

Por William Castillo Bollé

¿Hasta dónde puede considerarse un fracaso la movilización de la
Derecha el 1S? Hay hechos y síntomas que avalan esta conclusión. El
abismo entre las enormes expectativas creadas entre su propia
fanaticada y fuera del país (en esas tenebrosas oficinas de
Washington, Bogotá, Madrid, Miami, donde reciben estipendio y línea
política) y los magros resultados tanto en convocatoria como en saldo
político, parecen confirmar ese juicio.

La Derecha no sólo no avanzó un milímetro políticamente, más allá de
la alegría que le produjo a su gente juntarse en cierta cantidad y
patear calle, cosa que no hacían desde hace mucho tiempo. De hecho,
retrocedió. Parte de su aparato violento ha sido desmantelado o al
menos disminuido. Los marchistas del este caraqueño no obtuvieron
ninguna fecha para el Revocatorio, sobre todo, porque su dirigencia
convirtió el 1S en una promesa de salvación; marcharon pensando que
la marcha “era” el Revocatorio. No pudo la Derecha anglo venezolana
marcar la agenda ni tomar la iniciativa política para llegar al
ansiado referendo. Ante tres avenidas semi llenas o semi vacías, su
dirigencia no pudo trazar ningún camino ni transmitir alguna
esperanza. Con sobrada razón, la fanaticada opositora se muestra hoy
entre confundida, hastiada y frustrada.

Por más maquillaje mediático que le apliquen (ya los medios se
encargarán del control de daños) la sensación dentro del alma
opositora no puede ser sino de vacío. Y es lógico que así sea porque
en la oposición puede haber mucho fanático, pero también hay quienes
saben leer los hechos políticos.

En este punto, el debate sobre la cantidad de personas efectivamente
movilizadas es relevante, aunque no necesariamente lo más importante.

La dirigencia de la MUD presentó el 1S no sólo como un momento crítico
de acumulación de fuerzas; prometió que la movilización era -en sí
misma- el camino para sacar a Maduro. Demagógicamente redujo los
tiempos políticos a un momento (un antes y un después de “la toma”) de
tal forma que -por absurdo que parezca- muchos creyeron que el 1S
efectivamente Maduro salía del poder y se acababa el Chavismo.

El 1S fue vendido nacional e internacionalmente (y esto de “vendido”
en el caso de las debilidades mercantiles de la MUD es una afirmación
literal) como un punto de inflexión definitorio en su agenda
desestabilizadora. Como corresponde a su naturaleza esquizoide, la
dirigencia derechista se empeñó en crear un imaginario de cambio
instantáneo. Una masa opositora acostumbrada más a odiar que pensar,
hartada de un Chavismo que resiste y que, tras cada embestida parece
ganar fuerza; y agotada quizá por la propia crisis económica -que
también afecta a los militantes antichavistas- compró la idea del
golpe en cubito, que mágicamente nacería de los ríos humanos que
inundarían Caracas.

Así las cosas, la brecha gigantesca entre sus expectativas de
movilización y la realidad de la convocatoria, la carencia de un
discurso unificador por ausencia de una estrategia consistente, y la
falta de un liderazgo reconocido y aceptado (es cada vez más
inocultable la pelea a cuchillos que hay en el ascensor en que se
juntan de tanto en tanto sus líderes), junto al oportuno desmontaje de
la operaciones violentas que se escondían bajo la manga del 1S, no
podían tener otro resultado que una nueva frustración política. Como
hecho político “la toma” fue un acto fallido. Ni siquiera se acercó a
lo que quiso ser.

Se trata de una tragedia política, de la cual vale poco alegrarse. La
mitad de los venezolanos carece de conducción política y se encuentra
a la deriva, consumida por sus propias pulsiones y pasiones. Explotada
y abusada por una banda de vividores disfrazados de dirigentes. Y eso
es un hecho que términos de cultura democrática es muy grave. Como
bien saben los campesinos, un rebaño sin pastor puede acabar
fácilmente en el abismo.

Pero no se crea. La tragedia de la oposición apenas significa un
respiro para el colectivo revolucionario. A pesar de su gigantesco
fracaso, la camarilla dirigente de la MUD sigue contando con músculo
logístico, muchos dólares, y un descarado apoyo internacional que se
suma a su completa ausencia de escrúpulos. No es poca cosa si a ello
se agrega el apoyo que nace del odio irracional a la Revolución,
inoculado en las bases opositoras.

A medida que su fracaso las acorrala, en tanto su estrategia violenta
y anticonstitucional cierra las puertas al diálogo y anula cualquier
posibilidad de regreso a la civilidad democrática, los peones de
Washington se vuelven más audaces y peligrosos. Porque sus bases
pueden sentirse hoy defraudadas, pero se han hecho refractarias a
cualquier atisbo de convivencia. A la simple tolerancia que les
permita convivir con la “chusma” que Chávez llevó al poder.

El desafío sigue intacto ante nosotros y se recrudecerá porque no se
trata del pleito callejero de una Revolución contra un anciano enfermo
de poder, un psicópata preso, una mujer falsa y frustrada, o un
burgués nacido en cuna de oro, convencido de su propio destino
manifiesto. Esta es una pelea contra un imperio y todos sus
dispositivos de poder; sus aparatos económicos, políticos, simbólicos
y militares, todo su poder corruptor y destructor. Es la pelea de 200
años, la que terminó perdiendo Bolívar y la misma que Chávez, aquel
doloroso 8 de diciembre, pidió al chavismo no perder.

El Presidente ha respondido al panorama surgido del 1S con firmeza y
claridad. A pesar del estruendoso fracaso de la camarilla “mudista” y
su atroz campaña para aniquilarlo política y moralmente, no ha cerrado
las puertas, y vuelve a llamar al diálogo. Así es la verdadera
política, se hace con claridad de principios e ideas, honestidad en la
conducta, y grandeza de alma. Por la paz del país, cualquier
sacrificio es pequeño.

A la vez, el Presidente anuncia una vital y necesaria contraofensiva
política y constitucional. No más lenidad ante el golpismo. No más
usar el Estado para destruir el Estado. No más utilizar la legalidad
para destruir la legitimidad. No más guerra sicológica y agresión
comunicacional. No más impunidad mediática. No más parapolítica.

Simultáneamente, ha llamado a las fuerzas chavistas a acelerar el
combate contra las desviaciones, las corruptelas que sobreviven,
enquistadas en la cultura pública y en el aparato institucional, y
contra las incapacidades en la gestión de gobierno; ha pedido a los
revolucionarios un verdadero diálogo con el pueblo, pero sobre todo,
ha convocado a acelerar el combate contra la guerra económica y sus
desintegradores efectos sobre la sociedad. Es allí, y no en dos o
tres calles semi vacías y ruidosas, donde se le va la vida a la Revolución.

Vienen días decisivos. Aún se está lejos de una victoria completa
sobre las fuerzas golpistas. El chavismo, con Nicolás Maduro al
frente, le ha propinado a Estados Unidos una nueva y clamorosa
derrota. Una victoria en toda la línea, digna de Chávez. Una más,
aunque lamentablemente no será -como quisiéramos- la última. Como
dicen en las series de televisión, la batalla estratégica por la
soberanía, la dignidad y la independencia de Venezuela, “continuará”.
Por ahora los pobres, esos que Miguel Otero Silva describió -para
defenderlos y reivindicar su rabia- como “la chusma de Gaitán”, han
triunfado. Es la misma chusma que llevó a Bolívar -victorioso- hasta
Carabobo, Boyacá y Ayacucho; la misma que -sin armas- trajo a Chávez
de regreso en 48 horas, en aquel precario 2002.

“Maldita MUD” terminó el 1S posicionándose en las redes sociales como
tendencia en Venezuela y a nivel mundial. Es la venganza simbólica y
suicida de sectores que no se ven representados en la camarilla que
los dirige. Es la mezcla de frustración y humillación que siente un
sector de oposición frente a una dirigencia incapaz, impotente,
fallida; y también, el producto de la impotencia ante el cuero duro
que ha resultado Nicolás Maduro y las multitudes chavistas.

Por ahora, hay que celebrar el pedacito de paz ganado del 1S.
Y dormir con un ojo abierto.

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